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5 regiones vinícolas donde las vides crecen en terrenos volcánicos

by Yuniet Blanco Salas

Una viña no siempre aparece sobre colinas de tierra clara y caminos perfectamente alineados. A veces crece entre piedras negras, muros de lava y terrenos donde el pasado volcánico sigue dominando el paisaje. La escena parece improbable hasta descubrir el trabajo de generaciones que encontraron maneras de cultivar allí.

Estas cinco regiones muestran diferentes relaciones entre volcanes y viticultura. No comparten una receta única ni producen vinos idénticos: el clima, las variedades, la altitud y las decisiones de cada productor también importan. Para el viajero, su atractivo está en recorrer el terreno antes de acercarse a la copa y entender cómo el paisaje condicionó las formas de plantar, proteger y cuidar las vides.

1. La Geria (Lanzarote, España)

En La Geria, las vides crecen en hoyos excavados a través de la cobertura de materiales volcánicos y suelen quedar protegidas por pequeños muros de piedra. El resultado parece un paisaje de cráteres agrícolas repetidos sobre una superficie oscura. Este sistema responde a necesidades concretas: alcanzar el suelo aprovechable, conservar humedad y reducir el efecto del viento.

La malvasía volcánica ocupa un lugar central en la identidad vinícola de la isla. Las visitas a bodegas permiten conocer ese trabajo y observar los cultivos de cerca sin invadirlos. La experiencia invita a dejar de ver el terreno como un obstáculo y empezar a reconocerlo como parte del método de cultivo

2. Región vinícola del Etna (Sicilia, Italia)

En las laderas del Etna, los viñedos conviven con bosques, pueblos y terrenos marcados por la actividad volcánica. La oficina de turismo italiana sitúa parte de los cultivos entre los 500 y los 1.100 metros de altitud, una diferencia que añade diversidad al recorrido.

Los vinos de la denominación Etna incluyen blancos asociados a variedades como carricante y tintos elaborados con nerello mascalese y nerello cappuccio. Visitar una bodega permite conectar esos nombres con un territorio concreto. El paisaje no es una extensión uniforme: cambia con la altura y la orientación, y convierte el paseo entre viñas en una manera de interpretar la montaña desde otra perspectiva.

3. Santorini (Cícladas, Grecia)

En Santorini, muchas vides no se elevan sobre hileras convencionales: se entrelazan cerca del suelo mediante el sistema tradicional de kouloura, con forma de cesta. Esa técnica protege los racimos del viento y forma parte de la respuesta agrícola a las condiciones de la isla.

El sustrato volcánico acompaña una historia vitícola antigua, donde destacan variedades como assyrtiko, athiri y aidani. Las zonas de Megalochori, Pyrgos y Exo Gonia permiten descubrir una Santorini que va más allá de las fotografías de la caldera. El interés de una visita a bodega está en relacionar el paisaje con el trabajo humano, sin reducir toda la personalidad del vino a un único factor geológico.

4. Paisaje vitícola de Pico (Azores, Portugal)

En Pico, los muros de basalto dividen el terreno en pequeñas parcelas que parecen dibujadas sobre la lava. Estos recintos, conocidos como currais, protegen las vides del viento y del aire marino. Las áreas de Criação Velha y Santa Luzia permiten apreciar especialmente bien esta organización del paisaje, reconocida por la UNESCO en 2004.

Los caminos conservan huellas del trabajo agrícola, incluidas marcas que dejaron los carros sobre la roca. Recorrerlos ayuda a comprender que el atractivo no depende solo de contemplar el volcán: también está en las piedras recogidas, movidas y colocadas por generaciones para transformar un terreno difícil en un espacio productivo.

5. Pantelleria (Sicilia, Italia)

Pantelleria ofrece otra manera de cultivar vides en un paisaje de origen volcánico. La variedad zibibbo, también conocida como moscatel de Alejandría, se trabaja tradicionalmente en forma de arbusto y se planta en pequeñas depresiones que ayudan a protegerla del viento y acumular humedad.

En el Valle di Monastero, los viñedos ocupan el espacio de una antigua caldera, una relación entre geología y agricultura que se entiende mejor al observar el relieve. La isla cuenta además con una ruta de 37 kilómetros dedicada a la vid en alberello. El recorrido permite conocer técnicas de cultivo y acercarse al passito, uno de los vinos más ligados a su identidad.

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